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Si
comparamos las obras que pintó Fernando Sordo en los años
ochenta, poniéndolas al lado de las actuales, veremos que en esa
larga evolución se han ocasionado cambios hondos y de variada índole.
Aquellos colores vibrantes han cedido su lugar a las gamas sosegadas, ahora
los tonos armónicos funcionan perfectamente alineados con principios
conceptuales bien coordinados entre sí.
El espacio de los cuadros actuales
-unas veces rectangular o cuadrado y, otras, un poliedro resultante de
la superposición de los anteriores-, se acomoda a los subespacios
que se encadenan en el interior -a su vez, también cuadrados o rectangulares-.
Éstos se alternan y suceden en posiciones horizontales y verticales,
acoplándose entre sí por puro instinto compositivo, y sin
abandonar su constante vocación de ser irrepetibles; tanto por sus
cadencias como sus proporciones. Luego, de cada espacio se posesiona un
cuerpo de génesis celular, generalmente ovalado, que dicta sus intenciones
orgánicas con insistencias de eco; para rememorar. Ni siquiera las
prolíferas variaciones geométricas de la azulejería
árabe pueden aspirar a un principio semejante. Aquí, el juego
de las variantes que inventa el artista, es menos abstracto y más
sutil y progresista.
Capítulo aparte merecen
las calidades y texturas de los cuadros de Fernando Sordo, idóneas
para degustar en plato templado el tacto. Tanto la exquisitez de la superficie
como la expansión de un azar oportuno, entran por los ojos y las
yemas de los dedos para decirnos que nada es superfluo en esta obra. Es
tan esmerada y está tan cuidada que, al artista, hay que imaginársele
embelesado ante cada acierto; también sería ilustrativo conocer
la batalla que precede a cada consumación.
Estas consideraciones sobre
la obra de Fernando Sordo, que son un introito deliberado -algo así
como unas notas al programa-, harán acto de presencia al contemplar
esta colección. Indudablemente. Comprobaremos cómo, el arte
de cualquier época y de cualquier artista, una vez más, puede
ofrecernos sus lecturas imprevisibles: una sensibilidad creada para flechar
las epidermis estéticas o, si se quiere, las hojas del pericardio.
Caja Castilla La Mancha, siguiendo
su trayectoria de ofrecer muestras de alto contenido plástico, y
sin ánimo de pontificar, se congratula al abrir las puertas de esta
exposición.
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